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Las dos están vestidas con pantalones blancos y zapatillas, parecen cómodas pese al frío. Cierran la puerta y se acercan a nosotros, que ya no vamos a poder seguir tomando del pico. Somos Señores. Alejandra le da un beso a Padrino, él se levanta del sillón obligado por lo cariñoso del saludo y se abrazan un segundo. Ella es Natasha, dice, amiga de Barcelona que está parando en casa por unos días. Y en un momento abre la boca. Y puedo escuchar un “hola”, un “qué tal”, un “lindo departamento”, un “Natasha mucho gusto”, al que respondo “Agustín, el placer es mío”. Me levanto y hago de buen anfitrión, traigo vasos para todos, abro una cerveza grande. No se niegan, es el lenguaje universal. Cerveza fría.
El día que inauguramos este departamento estábamos Padrino, Alejandra, Lucía y yo. Pusimos ocho botellas de cerveza en la heladera, por hacer esas cosas es que se le venció la puerta, y nos pasamos charlando escuchando música toda la noche. Todavía Padrino no estaba muy a gusto cuando nosotros fumábamos así que no lo hicimos. Esa noche había cenado temprano, con Leonardo y una chica para la que sí me saqué los pantalones pero pocas veces. Nunca voy a olvidar la mañana del día siguiente, ni toda esa semana y la sensación de ver la cena una y otra vez como un estigma, como si me hubiera ganado el castigo divino de devolverlo todo. Vomité en el cuarto chico, vacío, donde ahora está Ernesto. Él nunca me preguntó por la sutil aureola en el piso y no creo que le importe. Cada vez que veo la heladera así, sin comida, mucha bebida, esas imágenes vuelven.
Esa que le saqué al piso una semana después con su aureola y que guardo, esa foto también está entre mis favoritas.
Cerveza fría, digo cuando escucho “salud” y chocamos los vasos. Ante lo poco femenino de la música que tan bien le hacía a la reunión de dos chapados a la antigua como nosotros, muestro cierta indulgencia. Casi demagogia.
Natasha, sos la novedad, te va a tocar empezar, digo mientras me muevo sobre la silla y sus rueditas sobre el piso de madera, hacia la computadora. Tengo acá adentro más discos de los que puedo escuchar, vos tenés que poner una canción y nos vamos rotando. Ella me mira con sus ojos verdes, grandes. Jugamos a que no nos alcance el silencio, digo mientras dejo bien a la vista la carpeta correspondiente. Alejandra le toma la mano a esta especie de Penélope Cruz petisa y sonriente que deja de mirarme para prestarle atención.
Penélope Glamour, pienso.
Antes jugábamos a que el que dejaba que empiece el silencio se tenía que tomar cinco medidas de whisky. Pero ya no. Vuelve a mirarme mientras se saca un mechón de pelo de la cara, no se sonroja.
¿Vas a dejarme ahí? puedo empezar ya mismo a buscar entre tus músicas, dice y le dejo el lugar. Le cedo la silla con rueditas y me acomodo en el sillón que ella me deja tibio.
Me gusta, pienso. Me gustan los pantalones blancos.
Nunca me gustó ese juego, dice Padrino, la única vez que tomé tanto como para no recordar partes de una noche, fue con whisky.
Sé que lo dice en serio. Habla como si fuera un gran tomador, pero es un flojito, por mucho tiempo no va a tener una foto como la mía del piso, la madera clara y su aureola gris.
01.00
Alejandra sigue los pasos de su huésped y programa dos canciones de los Bee Gees, una de Donna Summer y dos más de Abba.
Tiene una camisa entallada blanca con lunares negros grandes, escotada. Cuando vuelve a sentarse mira su vaso en silencio. Siempre melancólica en los ojos y amable a quien quiera prestarle atención en el resto de su cuerpo.
Natasha nos había elegido media docena de temas de Earth Wind and Fire. Padrino me mira desconcertado, no abre la boca porque en lugar de comentarios se le caen risas de todos los colores. Está tentado.
Natasha dice: en Europa ya no se escucha este tipo de música. Qué linda colección tienes, Agustín.
Por un segundo me acuerdo de una vez que estábamos él y yo solos, la primera vez que quiso fumar porro en serio, más que una pitada. En unas tres horas fumamos dos y tomamos tres o cuatro gin tonic. Me acuerdo la noche como parches, lo importante es que terminamos en un lugar, un galpón donde yo pensé que iba a encontrarme a una compañera de la facultad, recordaba la dirección de una conversación al pasar. El lugar era horrible y la gente también. Pero la música, era como el cielo. No estuvimos ni una hora pero no paramos de bailar. Era música disco, como en las películas. Nunca encontré a la chica que fuimos a buscar y varias semanas después, cuando la encontré, preferí perderme solo. Desde esa época pienso que me gustaría programar la música de una fiesta.
Alejandra mira por la ventana, como si fuera la sinopsis de una película de fragmentos le cuenta a Padrino como fue su propia experiencia en España. Ella también estuvo en Barcelona, pero sólo un par de meses.
Es por esa hipotética fiesta que tengo tanta música que ahora Padrino preferiría que las invitadas no hubieran encontrado. No puede con su genio, hasta que no toma lo suficiente o se droga un poco tiene que mantener su firme pose de tipo duro.
Natasha dice que el cámpus de la Universitat Autònoma de Barcelona, en realidad la llama UAB (yo quiero hacer un chiste sobre la UAB y la UBA, “se va a sentir casi como en casa estando allá”, pero me parece muy estúpido, no estoy tan borracho) ,que el cámpus es hermoso. Que es una universidad, la UAB, muy prestigiosa y que Padrino es afortunado de estar becado para hacer su postgrado allí.
Padrino me mira como diciendo es tu turno, como diciendo sé bueno. Y mientras tomo mi vaso de cerveza de un único y eterno sorbo, pienso. Por dónde puedo empezar el giro musical. Sutil, sin ser grosero. Tengo tiempo, una canción y media.
La mano izquierda de Alejandra juega con la tela de su camisa, la estruja entre sus dedos y la vuelve a estirar. En algún momento se puso sobre los hombros su campera negra. Hace frío, para qué negarlo. Mira con atención como la tela se dobla y se acomoda un par de veces. Asiente con la cabeza antes de levantar la mirada, busca los ojos de Padrino.
Es verdad, no quiero que te vayas sin saber esto, Padrino. Es como dice ella, tenés suerte. Vos te merecés todo lo que está pasando y vas a tener que disfrutarlo porque es algo muy bueno.
Por un momento me imagino que ella se levanta del asiento, se sienta en las piernas de Padrino y le da un beso en la boca, muy sutil. Que Natasha se sienta al lado de ellos y la imita. Que luego se dan un beso entre ellas, que lo acarician.
Tal vez sí estoy un poco borracho.
En su momento creí que me gustaba mucho Alejandra, tal vez ahora pienso que me gusta mucho Natasha. Pero es justo, él se merece una realidad como mi imaginación.
Se merece que cambie la dirección musical, lo que él quiera.
Un disco que mezcla algunos de los mejores músicos de Hip Hop con productores de jazz y viceversa. Sé que le encanta. Y es tu noche, Padrino.
Natasha le pregunta si tiene todo listo para viajar. Él hace el mismo comentario que antes, que siente que se está mudando, que es muy difícil. Natasha dice que lo entiende y Alejandra acota que va a disfrutar mucho viviendo allá, que es todo muy hermoso, que la gente es una maravilla. También dice que lo va a extrañar.
Todavía me falta terminar de organizar algunas cosas. Hacer unas compras, dice él.
Por eso en un rato me voy a tener que ir, dice y se pasa una mano por la cabeza revolviéndose el peinado. Mañana ya es mi último día acá. Busca los ojos de Natasha.
Seguimos con nuestro idioma generacional, corren las cervezas. Elijo la música que Padrino está esperando. Camino al baño le toco el hombro a Alejandra que me mira la mano y después le acerca la mejilla. La pellizco.
Cuando cierro la puerta del baño escucho que Ernesto sale de su pieza.