viernes 20 de agosto de 2010

Díganle Licenciado

Salió el sol.
Escucho que se abre la puerta de mi cuarto. Lucía pasa cerca mío y se sienta al lado de Ale. La abraza en silencio.
Aparece debajo de la silla de la computadora, la bolsa con el último cogollo: como en una película que podría llamarse “Busco mi destino”, la bolsa me mira, nos miramos.
Somos los restos de algo más. De algo que debió ser más. Me elevo entre nuestros restos y pregunto. ¿Mate? ¿Té? ¿Café?
Como en un film que podría llamarse, digamos, “A primera vista”, me acerco y la tomo con cuidado entre mis dedos, la abro con dulzura.
Ale y Natasha son las primeras en reaccionar. Vos poné el agua, me dicen. Después vemos.
Como en cualquier película pornográfica digna, dejo caer el cogollo desnudo sobre una revista y empiezo a manosearlo y a picarlo con cuidado, con amor, con esa dosis de sadismo. Le gusta.
Momento; tengo algo que hacer. Empiezo a armar uno de mis famosos marmolados. Treinta por ciento tabaco. Más o menos. Me inundo del rapto de lucidez que implica este amor.
Ale le dice algo a Lucía en el oído. Pienso que la noche no fue más que una suma de susurros. Gritos como susurros y todo lo contrario.
Lo prendo y se lo alcanzo a Padrino, él es nuestro Norte, nuestra estrella de Belén y nosotros sus reyes magos. Sabe retribuirlo, sonríe al punto de conmoverme.
Mientras voy a la cocina escucho a Lucía.
A ver Padrino, dice, pasame un poco de ese tabaco mejicano.
Licenciado, corrige Ale.   
Cierto:
Licenciado.

Padrino?

Hay botellas por todos lados. Arte moderno: una docena de vasos sucios apilados en la pileta.
Padrino intenta empezar de nuevo, que a nadie se le escape esta vez. Se para y habla fuerte:
Desde que entré en la facultad, cuando empecé geología, siempre me gustó la misma chica. La misma compañera; y siempre dice compañera como si fueran montoneros. Está a punto de decir me enamoré o algo así. Nuestros ojos rojos y chiquitos siguen los gestos de sus dedos.
Cuenta una historia que conozco. Padrino se enamoró de una chica, Patricia, el día que empezó el CBC hace seis años. Ni con Manzanita, ni con otras que conoció, ni con alguna mujer que lo pudo dar vuelta de verdad, ni con una que otra adolescente, nunca se la pudo sacar de la cabeza.
Nos hicimos amigos con el tiempo y nos dimos un beso una noche, en una fiesta. Hace seis meses. Se revuelve el pelo con las dos manos y después se refriega los ojos, busca claridad donde no la hay.
El paquete de tabaco es verde, siempre el mismo. Marca Mynheer.
Hace unos meses me enteré que se acostó con un profesor de la facultad, que cogió con su director de tesis mientras estaba conmigo.
¿El día que decidiste aceptar la beca para ir a Barcelona, Licenciado? Es gracioso el gordito poniéndose tan serio cuando falta tan poco para el amanecer.
Empezamos a fumarlo cuando salíamos de vacaciones para ahorrar en vicios.
Te cagó. ¿Como Manzanita? ¿Como todas?
Armábamos un cigarrillo atrás de otro con los dedos helados, torpes.
Leo también.
Te interrumpo antes: ves todo de una manera muy lineal, y eso que pasó, quizá no tuvo nada que ver con el amor. Hace como que no me escucha y se queda en silencio. Es muy sensible. Y yo te conozco mucho y no alcanza toda esta cerveza ni todo este porro, nunca lo vas a entender. En un rato va a empezar a salir el sol, lo extraño. Por mucho tiempo no lo vas a querer entender. Natasha tose mientras dice que la infidelidad puede quedar muy lejos del amor. Ale está casi dormida, echada en el sillón, pero se hincha de fuerza para sentarse derecha y señalarla con un dedo, muy cerca de la cara. A lo mejor en Barcelona son muy modernos, acá las cosas son distintas, dice y vuelve a echarse.
Y veo todo como en una “película de dedo”: miles de papeles rígidos apretados y figuras pasando delante de mis ojos con movimientos exagerados y un poco torpes. Necesito poner pausa, necesito usar mis dedos para armar un cigarrillo tras otro, prenderlos, darles un par de pitadas y tirarlos adentro de la pipa llena de cenizas. Mis dedos torpes.
Padrino dice que no le importa, que le sirvió para darse cuenta que Patricia no valía nada y que fue mejor así. Que ahora tiene mucho para mirar por delante y ninguna intención de quedarse en el pasado. ¿Para qué, Licenciado?
Me duele todo.
Menos mal que se va mañana. En un rato. Sentate, le digo.
Está saliendo el sol.

jueves 5 de agosto de 2010

Grateful Dead en vivo en el Sphinx Theatre



15 de Septiembre de 1978: Grabación hecha por una persona muy afortunada que estaba allí, con su grabadorcito, escuchando a esta maravillosa banda, al pie de las piramides, seguramente algo indescriptible.
La historia de este concierto, por el gran Alfredo Rosso, se puede leer aquí.
(ROCKING THE CRADLE - EGYPT 1978 es el nombre que tiene el disco lanzado comercialmente con grabaciones de los días de concierto.)
Que lo disfruten!


















de la colección de archive.org
 
versión para descargar (entiendo que con calidad de consola):
http://www.archive.org/details/gd1978-09-16.sbd.miller.88314.sbeok.flac16
 
 
 
 
 
 
 



Jerry García, melena al viento, detrás una pirámide...










miércoles 4 de agosto de 2010

Asociación Libre

 
Mirando LIVE FOREVER: rise and fall of brit pop.
Recomendadísima película, para todo el que todavía no la vió




Mirando la foto donde Noel Gallagher celebra, con Tony Blair, el triunfo del New Labour. Muchísimos artistas participaron de esa victoria.




Pensando en nosotros, no? en 1999 todavía no podía votar (tenía sólo 16 años), pero tenía clarísimo que lo hubiera hecho por la Alianza. Representaba esperanza, también muchos artistas apoyaron ese proceso, contra Duhalde, contra todo lo que nos había dejado el menemato...
Cuando estuve en Londres, en diciembre pasado, Blair confesaba que sabían que en Iraq no había armas de destrucción masiva... Ingleses, a su manera, en llamas...
Y rebota un tal Zapatero, que ganó su primera elección de la mano de esa invasión a Iraq, cuando Al Qaeda hace el atentado en Madrid como represalia por la participación española a la invasión. Y Zapatero hoy, ajustes, desmpleo, desilusión, De La Rua, Alianza, New Labour, Blair, Noel Gallagher, Riesgo Pais... Pensando en Obama, recordando a Barck HOPE, Barack NOBEL PRIZE Obama... y los artistas que lo apoyaron, y las tropas que todavía tiene en Afganistán... y en Iraq.

Y nosotros, y yo. Yo que en 2003 voté... ni me acuerdo qué voté. No a Kirchner, que me parecía un títere de Duhalde, la continuidad del gobierno que mató a Kosteki y Santillan... tenía decidido votarlo para la segunda vuelta, eso sí. Todo para que pierda la Rata. Y empezó nomás un proceso que nacía con bajas espectativas, sin el apoyo de los artistas... y que se hizo camino al andar. 4 años después voté a Cristina y lo volvería a hacer hoy en 2011, o cuando sea.

Mirando Live Forever, y reflexionando sobre las espectativas, los procesos políticos, el brit pop y estar a la altura de las circunstancias.










(Los lunes de agosto por I-SAT, ciclo ROCK IS MY RADAR, 23.30hs  -  Recomendado)



jueves 22 de julio de 2010

Interruptor

No tiene teclas
Tampoco sé su nombre
Entiende bien

Sin que la llame
Volverá a  buscarme
Mañana, ayer

Lo atrae todo
Le interesa nada
Lo sabe bien

Mecanismo luz
El reloj más extraño
Su interruptor

Los lunes tienen más perfume

Ojos de pasto
Francisca muestra todo 
Sólo un gorrión

Viste de verde
Flores y su hijita  
Viste de rosa

Piel de canela
En una canastita
Aliento trigal







(Versión libre de "Canción de amor para Francisca" de León Gieco)

miércoles 21 de julio de 2010

Alguien me dijo

Extraño a mi amiga.
No es que haya muerto ni nada.
Hace dos semanas que volví de trabajar, de afuera, y encontré un mail suyo. Era de dos días antes, su enésima despedida de Buenos Aires, un asado más. Todavía no le contesté. Cuando lo leí ya debía haber aterrizado en Paris, estaría pensando en mudarse al País Vasco, acomodarse a un nuevo proyecto. Un nuevo proyecto lejos.
Alguien me dijo: lo único que cambió es que ahora está lejos, sigue siendo tu amiga, la seguís queriendo. Andá a la mierda, Alguien. Puede volver, puede vivir en la casa de al lado, puedo disfrutarla, y quizás no nos volveríamos a separar. Y nunca va a volver a ser lo mismo.
La odio y la extraño.
Mi amigo también se fue, en realidad lo hice irse. Le convidé un porro, le toqué el culo y le di un beso y lo seguí a un baño mientras su novia hablaba de equipos de sonido con alguien. Su novia, esa novia, es otra amiga que no está. Tampoco la extraño.
Mi amigo desapareció, fue reemplazado por una persona con menos ropa, a la que le gustan los besos en la oreja y las películas porno. Pero amigo no, nunca más.
Y así, ningún otro queda. De esa o cualquier época anterior. Están los de ahora, un puñado, que, como Alguien dijo, tengo que regar. Por los que tengo que hacer un esfuerzo. Dos, literalmente. En eso tenía razón.
No yo. Yo no tengo razón. No puedo jactarme de haber hecho nada bien al respecto. A la gente que me rodeó. Nunca.
Ahora mi amigo es mi prometido. Alfa y Omega, principio y fin, cielo e infierno.
Me di cuenta la noche en que todo volvió a cambiar, en un instante (y ya sé que siempre escribo “en un instante”, por mí se pueden ir a la mierda, enemigos de la repetición, los lugares comunes y la cosa cursi), en un solo instante de mi boca salieron palabras, un pedido, una oferta única, un casate conmigo. Un para siempre.
Su cara y mis tripas, mi diafragma, el apéndice y hasta la vesícual supieron que no sólo nada es para siempre, sino que además un final inesperado empezaba a gestarse a partir de esa promesa, a la luz de esas mil velas.
Ahora sólo me queda terminar solo, sufrir como un perro. Terminar solo y perder toda esperanza, dejar de regar las últimas dos amistades que me quedan, mirar televisión hasta la madrugada, llorar (sí, llorar: a veces la vida es un puto lugar común, una mierda demasiado anti-literaria), escuchar la misma música de siempre, obsesionarme con la escritura y volver a abandonarla para empezar de nuevo por lo menos dos veces al mes, proponerme ser el mejor, el mejor del mundo en lo que hago, en mi burgués y capitalista entretenimiento que llamo trabajo. Fallar en lo más básico, no poder salir de la cama, no comer, perder la forma, descuidar todo tipo de limpieza y prolijidad.
Cuánto tiempo puede durar esa vida antes de que me pegue un corchazo la séptima vez seguida que escuche un vinilo de Sui Generis.
Y ser feliz (bajé los brazos, si puedo escribir, si alguien va a leer, tiene que ser entre lugares comunes, no es que no lo haya intentado, pero no logré superarme y hoy escribo así) se trata de algo, de Alguien, que ya quedó muy lejos, que duerme a mi lado mientras escribo con un lápiz sin punta, con el trazo más grueso, con la peor letra posible: pero que ya está definitivamente lejos.
Alfa y Omega. Principio y Fin. Cerca y Lejos. Y todo lo que puede ser, el puto libre albedrío, la fantasía de que se puede cambiar algo, hacer mi propia historia. Escribir mi propia vida; ser un protagonista y ya no un espectador, un simple lector distraído que levanta la vista para mirarle el culo a alguien en Constitución. Y la seguridad de que no cambiaría esta comodidad, esta mediocridad pasiva de espectador obeso, calvo, patético.
Y mi lado de la cama que parece el lugar donde tengo que estar. Se siente correcto, me abraza mientras todo alrededor promete destrucción.
Y lo poco que me importa.
Y el salto lógico obvio, Alguien me hubiera dicho “si ya sabés que va a pasar todo eso, si estás seguro, si no vas a hacer nada al respecto, si realmente lo crees: ya no tiene sentido seguir”. Y yo, que extraño a Alguien y que me imagino que me dice “suicidate ahora”, aunque nunca lo diría de esa manera. “Ahorrate el tiempo, el dolor, no valen la pena”, y un corchazo, un tiro de escopeta, en la boca, que toma forma, color. Y gana sentido y se siente cerca y Alguien a quien extrañar, pero tampoco demasiado.
Y una línea final, nunca más final. Una línea que no vale la pena escribir. Que de todas maneras sólo puede ser un lugar común.







 

lunes 12 de julio de 2010

+ Padrino

00.30
Las dos están vestidas con pantalones blancos y zapatillas, parecen cómodas pese al frío. Cierran la puerta y se acercan a nosotros, que ya no vamos a poder seguir tomando del pico. Somos Señores. Alejandra le da un beso a Padrino, él se levanta del sillón obligado por lo cariñoso del saludo y se abrazan un segundo. Ella es Natasha, dice, amiga de Barcelona que está parando en casa por unos días. Y en un momento abre la boca. Y puedo escuchar un “hola”, un “qué tal”, un “lindo departamento”, un “Natasha mucho gusto”, al que respondo “Agustín, el placer es mío”. Me levanto y hago de buen anfitrión, traigo vasos para todos, abro una cerveza grande. No se niegan, es el lenguaje universal. Cerveza fría.
El día que inauguramos este departamento estábamos Padrino, Alejandra, Lucía y yo. Pusimos ocho botellas de cerveza en la heladera, por hacer esas cosas es que se le venció la puerta, y nos pasamos charlando escuchando música toda la noche. Todavía Padrino no estaba muy a gusto cuando nosotros fumábamos así que no lo hicimos. Esa noche había cenado temprano, con Leonardo y una chica para la que sí me saqué los pantalones pero pocas veces. Nunca voy a olvidar la mañana del día siguiente, ni toda esa semana y la sensación de ver la cena una y otra vez como un estigma, como si me hubiera ganado el castigo divino de devolverlo todo. Vomité en el cuarto chico, vacío, donde ahora está Ernesto. Él nunca me preguntó por la sutil aureola en el piso y no creo que le importe. Cada vez que veo la heladera así, sin comida, mucha bebida, esas imágenes vuelven.
Esa que le saqué al piso una semana después con su aureola y que guardo, esa foto también está entre mis favoritas.
Cerveza fría, digo cuando escucho “salud” y chocamos los vasos. Ante lo poco femenino de la música que tan bien le hacía a la reunión de dos chapados a la antigua como nosotros, muestro cierta indulgencia. Casi demagogia.
Natasha, sos la novedad, te va a tocar empezar, digo mientras me muevo sobre la silla y sus rueditas sobre el piso de madera, hacia la computadora. Tengo acá adentro más discos de los que puedo escuchar, vos tenés que poner una canción y nos vamos rotando. Ella me mira con sus ojos verdes, grandes. Jugamos a que no nos alcance el silencio, digo mientras dejo bien a la vista la carpeta correspondiente. Alejandra le toma la mano a esta especie de Penélope Cruz petisa y sonriente que deja de mirarme para prestarle atención.
Penélope Glamour, pienso.
Antes jugábamos a que el que dejaba que empiece el silencio se tenía que tomar cinco medidas de whisky. Pero ya no. Vuelve a mirarme mientras se saca un mechón de pelo de la cara, no se sonroja.
¿Vas a dejarme ahí? puedo empezar ya mismo a buscar entre tus músicas, dice y le dejo el lugar. Le cedo la silla con rueditas y me acomodo en el sillón que ella me deja tibio.
Me gusta, pienso. Me gustan los pantalones blancos.

Nunca me gustó ese juego, dice Padrino, la única vez que tomé tanto como para no recordar partes de una noche, fue con whisky.
Sé que lo dice en serio. Habla como si fuera un gran tomador, pero es un flojito, por mucho tiempo no va a tener una foto como la mía del piso, la madera clara y su aureola gris.


01.00
Alejandra sigue los pasos de su huésped y programa dos canciones de los Bee Gees, una de Donna Summer y dos más de Abba.
Tiene una camisa entallada blanca con lunares negros grandes, escotada. Cuando vuelve a sentarse mira su vaso en silencio. Siempre melancólica en los ojos y amable a quien quiera prestarle atención en el resto de su cuerpo.
Natasha nos había elegido media docena de temas de Earth Wind and Fire. Padrino me mira desconcertado, no abre la boca porque en lugar de comentarios se le caen risas de todos los colores. Está tentado.
Natasha dice: en Europa ya no se escucha este tipo de música. Qué linda colección tienes, Agustín.
Por un segundo me acuerdo de una vez que estábamos él y yo solos, la primera vez que quiso fumar porro en serio, más que una pitada. En unas tres horas fumamos dos y tomamos tres o cuatro gin tonic. Me acuerdo la noche como parches, lo importante es que terminamos en un lugar, un galpón donde yo pensé que iba a encontrarme a una compañera de la facultad, recordaba la dirección de una conversación al pasar. El lugar era horrible y la gente también. Pero la música, era como el cielo. No estuvimos ni una hora pero no paramos de bailar. Era música disco, como en las películas. Nunca encontré a la chica que fuimos a buscar y varias semanas después, cuando la encontré, preferí perderme solo. Desde esa época pienso que me gustaría programar la música de una fiesta.
Alejandra mira por la ventana, como si fuera la sinopsis de una película de fragmentos le cuenta a Padrino como fue su propia experiencia en España. Ella también estuvo en Barcelona, pero sólo un par de meses.
Es por esa hipotética fiesta que tengo tanta música que ahora Padrino preferiría que las invitadas no hubieran encontrado. No puede con su genio, hasta que no toma lo suficiente o se droga un poco tiene que mantener su firme pose de tipo duro.
Natasha dice que el cámpus de la Universitat Autònoma de Barcelona, en realidad la llama UAB (yo quiero hacer un chiste sobre la UAB y la UBA, “se va a sentir casi como en casa estando allá”, pero me parece muy estúpido, no estoy tan borracho) ,que el cámpus es hermoso. Que es una universidad, la UAB, muy prestigiosa y que Padrino es afortunado de estar becado para hacer su postgrado allí.
Padrino me mira como diciendo es tu turno, como diciendo sé bueno. Y mientras tomo mi vaso de cerveza de un único y eterno sorbo, pienso. Por dónde puedo empezar el giro musical. Sutil, sin ser grosero. Tengo tiempo, una canción y media.
La mano izquierda de Alejandra juega con la tela de su camisa, la estruja entre sus dedos y la vuelve a estirar. En algún momento se puso sobre los hombros su campera negra. Hace frío, para qué negarlo. Mira con atención como la tela se dobla y se acomoda un par de veces. Asiente con la cabeza antes de levantar la mirada, busca los ojos de Padrino.
Es verdad, no quiero que te vayas sin saber esto, Padrino. Es como dice ella, tenés suerte. Vos te merecés todo lo que está pasando y vas a tener que disfrutarlo porque es algo muy bueno.
Por un momento me imagino que ella se levanta del asiento, se sienta en las piernas de Padrino y le da un beso en la boca, muy sutil. Que Natasha se sienta al lado de ellos y la imita. Que luego se dan un beso entre ellas, que lo acarician.
Tal vez sí estoy un poco borracho.
En su momento creí que me gustaba mucho Alejandra, tal vez ahora pienso que me gusta mucho Natasha. Pero es justo, él se merece una realidad como mi imaginación.
Se merece que cambie la dirección musical, lo que él quiera.
Un disco que mezcla algunos de los mejores músicos de Hip Hop con productores de jazz y viceversa. Sé que le encanta. Y es tu noche, Padrino.
Natasha le pregunta si tiene todo listo para viajar. Él hace el mismo comentario que antes, que siente que se está mudando, que es muy difícil. Natasha dice que lo entiende y Alejandra acota que va a disfrutar mucho viviendo allá, que es todo muy hermoso, que la gente es una maravilla. También dice que lo va a extrañar.
Todavía me falta terminar de organizar algunas cosas. Hacer unas compras, dice él.
Por eso en un rato me voy a tener que ir, dice y se pasa una mano por la cabeza revolviéndose el peinado. Mañana ya es mi último día acá. Busca los ojos de Natasha.
Seguimos con nuestro idioma generacional, corren las cervezas. Elijo la música que Padrino está esperando. Camino al baño le toco el hombro a Alejandra que me mira la mano y después le acerca la mejilla. La pellizco.
Cuando cierro la puerta del baño escucho que Ernesto sale de su pieza.


con Padrino

23.00
Esta es la que no encontraba, digo. Mi foto favorita de ese viaje, se la alcanzo.
De izquierda a derecha están Lucía, Padrino y Leonardo, abrazados y de espaldas al Brazo Huemul del Lago Nahuel Huapí. Lucía mira la foto de cerca como buscando algo por atrás de las siluetas.
No es la mejor, dice y sigue buscando en la caja. Estaba mucho más flaca en esa época pero mi pelo es un desastre y todos salimos con barro hasta las rodillas. Me gusta pero hay mejores.
No tengo idea de qué habla cuando dice muy flaca, estaba igual que ahora. De todos modos la foto es la mejor y cuando llevo los platos sucios a la cocina la pego con un imán a la puerta de la heladera.


23.10
Apoyo otro plato mojado sobre el repasador. Me seco las manos en el pantalón y abro la puerta. Sírvase, joven anfitrión, dice Padrino y después me saluda con un “hola, Agustín” al oído mientras me alcanza una bolsa que reconozco del supermercado que está sobre Medrano. Con Leonardo nos saludamos siempre como si fuéramos dos raperos, nos tomamos de la mano con un medio abrazo, acercando los hombros. Siempre en silencio. En la calle debe hacer frío, los dos tiran sus abrigos en un sillón. Estuviste bien, sabía que no me ibas a fallar, Padrino, pero necesitamos más, digo mientras guardo las dos cervezas en la heladera. Obvio, contesta mientras se arremanga la camisa antes de despeinarse con las dos manos. Unas caras como ésas, hoy tiramos la casa por la ventana. Destapo una y antes de alcanzar los vasos limpios ya se la llevó al living, tomando del pico.
Che, Agustín, ¿Lucía?, pregunta Leonardo y toma un trago de ese néctar. Está en el cuarto, recién terminamos de cenar. Un minuto después se va a ver a su novia sin decir nada.
¿Cómo va el tema de los preparativos para el viaje, tenés todo listo? Pregunto y Padrino se mira los cordones de los zapatos. Yo ya no digo que me preparo para irme de viaje, a esta altura es una mudanza, se ríe de su suerte. Tengo todo casi listo, mañana quiero levantarme no muy tarde y ocuparme de comprar un par de cosas que faltan. Hablando de mudanzas, cuando te compres una biblioteca y pongas en un lugar fijo los libros, dejá esta caja acá, aunque quede vacía, ya es parte del ambiente, dice y le apoya la botella encima. Me acerco a la computadora y pongo un disco de Janis Joplin.
Sabés como rascarme la espalda, dice y levanta una ceja y señala con la mirada a los parlantes más grandes. Padrino, digo en un susurro y me siento en el piso al lado del único sillón antiestético de mi living, el de los abrigos, el de la abuela de Ernesto.
Tomamos la cerveza como si fuera menos que agua, entre horarios a cumplir y rutas alternativas al aeropuerto. Vení, le digo y me incorporo camino al lavadero, atrás de la cocina, agarrá los envases que puedas y vamos al supermercado, dejemos a estos dos solos un rato. Padrino llega atrás mío y mira debajo de la pileta. Te hiciste de un lindo cementerio en estos meses. Se ríe.


23.30
Siempre lo mismo. Justamente hoy no me voy a pelear con vos por esto. Pero sabés que no te voy a dejar decir eso. No tenés que aprovecharte de la impunidad del agasajado, del último día acá. Padrino enarca una ceja y no alcanza a apoyar su cerveza en la caja que empieza su descarga otra vez. El Padrino I es una película mucho mejor que la suma de la trilogía. Es así, Agustín, con las otras dos podés hacer lo que quieras, miralas juntas, o separadas o tiralas a la basura. Pero si le das a alguien a ver la película sola y después la trilogía completa, va a quedarse con la película. Toda la vida.
En mi frenesí de no dejar que se nos escape el tema de conversación busco entre los discos que tengo en la computadora. Y encuentro.
¿Sabés qué es esto? Le pregunto ante los primeros acordes y le doy una pista. Películas de mafia en sentido amplio, de gángsters. Padrino le da un largo sorbo a la vítrea extensión de su brazo. Es una de esas botellas chicas de cerveza Corona. Sólo va a tomar lo mejor en su despedida. Y ya cobró un adelanto en euros en el bolsillo que ayuda al lujo.
Eructa en un volumen casi imperceptible.
No hace muchos años que empecé a escuchar este tipo de música. Si alguien me hubiese visto en tercer grado llorando porque no me dejaban poner un cassette de Silvio Rodríguez en medio de un festejo del Día de la Primavera, no creería que ese chiquito de peinado a lo Carlitos Balá iba a estar hoy acá eligiendo entre cientos de discos de hip hop. Y, ahora que lo pienso, con un peinado muy lejos de Carlitos Balá pero tal vez con algunos puntos en común con Carlito Brigante. Hablando de películas de gángsters, casi grito.
RZA hizo la música original de Ghost Dog, o El Camino del Samurai. Padrino la vio conmigo, en otro departamento, tres antes que este, con dos chicas que habíamos conocido, una rubia y una morocha.
Escrita y dirigida por Jim Jarmusch, agrego y le acerco mi botella para que brindemos.
Todos los asesinos viven más allá de la ley... sólo uno sigue el código. Padrino se acuerda de frases de todas las películas que vió.
La discusión con Padrino sobre El Padrino es una de esas cosas que voy a extrañar. La noche que vimos la película de gangsters raperos él estaba con una novia que tenía, una amiga nuestra, Manzanita. Apodo que suena ilógico. Tal vez, para alguien que no le haya visto el culo a esa chica en persona. La rubia era una amiga de ella, yo la quise llevar despacio y me dejó después de que nos vimos tres veces. Todas terminé vestido. De vez en cuando uno empieza o termina algo de alguna manera relacionado con la pareja, esos son tiempos de balance. Y yo soy muy proclive al balance, tal vez demasiado, y siempre pienso que tendría que haberme sacado los pantalones para esa chica y faltarle el respeto un poco. RZA es un grande, este es un disco genial y su música le queda muy bien a la película, pero aburre después del segundo tema.
¿Sigo con el rap o con las películas?, le pregunto a Padrino sin sacar la vista del monitor, navego entre demasiada información. Otro eructo casi imperceptible.
Aprovechá que somos nosotros dos este rato. Just the two of us, pienso, linda canción pero sólo tengo una versión de Will Smith en la que no quiero ni pensar.
Nada que ver, contesta y se tapa la boca un segundo. Quiero escuchar algo de ese rock sureño que guardás ahí adentro, quiero folk, quiero un banjo, una armónica. Me sorprende, pero reacciono rápido. Preparo en random una lista que incluye discos enteros de Dylan, Lynyrd Skynyrd y Grateful Dead. Y el primer disco de León Gieco.
En algún sentido volvimos al inicio, antes era Janis Joplin, le cuento como si no pudiera recordarlo.
San Francisco, recita Padrino.
Los años mozos.
Su influencia.

El timbre nos trae de vuelta a la realidad después de disfrutar en silencio un buen rato. Termino mi botella de un último sorbo y me levanto para abrir.






El mismo amor, los mismos derechos con el mismo nombre





http://www.youtube.com/watch?v=85ZeSA7h6wA

 
Rescatar la historia mínima. El amor por sobre todas las cosas.


una producción de LOS SALVAJES CINE
lossalvajescine@gmail.com
www.youtube.com/lossalvajes


Maestro


_ Aquí empieza una nueva historia, ¿no?
_ Debo utilizar la síntesis para quebrar los puentes narrativos y ganar en solvencia y capacidad de golpe. Eso viniste a decirme.
_ Exacto, no des excusas para los eventos que ocurran en tus cuentos. Nos conocemos mucho.
_ Muy fácil decirlo.
_ Sé que no es fácil, pero algún día vas a tener que volver a escribir.
_ Escribo mi diario todos los días.
_ Me refiero a la literatura, tu literatura: tus cuentos.
_ Si nunca más escribo un cuento voy a estar bien. Vamos a estar bien. ¿Te imaginás si fuera un escritor, de verdad? Si tuviera toda esa presión encima. Pero no. No lo soy y nunca lo seré, sólo otro proyecto.
_ No vas a hacerme esto.
El maestro miró a su discípulo con desilusión mientras apoyaba la taza de café en la mesa, casi con dulzura. El alumno tomó otro corto sorbo de su té verde sin quitar la mirada de la ventana y de la calle. Siempre fue un enfermo de mirar hacia afuera, las mujeres, el movimiento, los coches, hombres.
_ No vas a desperdiciar tu vida.
_ Le dedico mi vida a la ciencia.
_ Cito a Carl Sagan: más de la mitad de los científicos trabajan al menos a tiempo parcial para los militares. Dejá la literatura, tus cuentos, por eso.
_ Es mi decisión. De todos modos no pienso estar de esa vereda.
_ También está la opción de las multinacionales. – y un guiño, un hilo invisible los unió al momento que dijeron a coro: – Psicología, diseño, marketing.
Se sonrieron con un poco de vergüenza al notar que la mesera, la rubia y bonita, los miraba con desconfianza.
_ No voy a ser parte de eso, lo sabés.
_ Perdón, no debo atacar tu vocación, es un manotazo de ahogado. – Pensó unos segundos, miró al discípulo, como miraba por la ventana. – Probemos esto: ¿tenés tu libreta?
_ Sí.
_ ¿Cuándo la empezaste?
_ A mediados del año pasado.
_ Buscá la tercera página, leeme lo que dice.
El joven buscó en su bolsillo y después buscó en su pequeño cuaderno.
_ “Poco a poco uno va construyendo su alegría, poco a poco uno se las arregla. De a poco fui construyendo mi alegría y aprendí a construir una vida alrededor de esa alegría. De a poco fui construyendo mis alegrías, estudié la factura de esos granos de arena de felicidad y aprendí a construir mi vida alrededor de esas alegrías: esas alegrías se convirtieron en la única estructura que me mantiene en pie.”
_ Eso era para tu diario, no para tu libreta de escritor. Leeme lo siguiente.
_ Es una consigna. “Situación chata con continua descripción donde no pasa nada pero por acumulación aparece una gran tensión.”
_ ¿Qué pasó con esas alegrías? ¿Qué te pasó a vos?
_ No me vengas con eso ahora.
_ No vas a dejar de escribir por una mujer. No te voy a dejar ser tan estúpido.
El silencio lo dice todo. Ese día los dos usaron todos los elementos retóricos que conocían para convencer al otro de su posición, llevaban horas sentados en el mismo lugar, pero sólo quince minutos hablando. El alumno estaba cansado de correr una carrera que creía perdida hace tiempo. El maestro no quería tirar años de su trabajo a la basura, sin contar el futuro que creía había en ese alumno.
La mesera rubia miró la mesa por encima del hombro de un hombre muy gordo, el más joven de los clientes escribía en el aire, haciendo la seña internacional que significa “cóbreme, por favor”.
_ Son once con cincuenta, todo, chicos.
El que pidió la cuenta pagó con un billete bastante grande y dijo:
_ Yo invito. Vamos a seguir saliendo juntos así nos dicen “chicos”, ¿te parece? – Se rió solo y sin ganas.
Su maestro no lo miró, la desilusión era total.
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